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sábado, 13 de enero de 2018

14 etapas más o menos divertidas en la vida de una pareja

1 año, 5 años, 15, 25, 50 años… Cada etapa del matrimonio tiene sus pequeños placeres no siempre previstos. Algunas parejas miden la duración de su matrimonio celebrando sus aniversarios de boda: bodas de papel, madera, plata, oro, titanio… Todos estos hermosos materiales simbolizan el tiempo que habéis pasado juntos, tiempo por el que transcurren fases en el matrimonio, a menudo poco gloriosas, pero no por ello menos importantes.
Seis meses: etapa de “sujétame el pelo” Es probable que paséis por esta etapa antes incluso de haber pronunciado vuestros votos matrimoniales. Y si, hasta el día de hoy, habéis recorrido todo este camino sin gastroenteritis ni intoxicación alimentaria, creedme, terminará por llegar. Es inevitable.Y más vale, porque una vez pasada la etapa de “te he visto en un estado lamentable”, podréis afrontar sin pestañear todos los demás momentos sin ningún glamour que os aguardan.
Las náuseas matinales, las explosiones de pañales sucios, los pospartos, o incluso, la recuperación tras una cirugía en la cadera (que, si llega, mejor que sea lo más tarde posible).
Lo que debéis recordar es que no importa mucho lo que se os pase por la cabeza en ese momento. ¡A partir de entonces tendréis a alguien que os apoyará en cualquier situación!
Un año: etapa de “papel higiénico”
Después de un año de matrimonio se celebran las bodas de papel. Así que, ¿por qué no hablar de papel higiénico? Lo cierto es que es todo un regalo ver un rollo nuevo que reemplazó al vacío, sin tener que pedírselo al cónyuge o hacerlo tú mismo.
Al cabo de un año, habréis aprendido que volver a casa con un ramo de flores en la mano no es nada comparado con comprobar si todavía hay leche en la nevera o detergente para poner la lavadora.
Todas estas pequeñas cosas (incluso cosas muy pequeñas, como tapar la pasta de dientes después de usarla) pueden ser importantes gestos diarios. Y así también se hace un matrimonio más fuerte.
Cinco años: etapa de “la invasión”
Por la mañana, despertáis y constatáis que el cuerpo de tu cónyuge y el tuyo los separa uno o dos cuerpecitos dormidos, uno con el pie a dos centímetros de tu cara. Quizás incluso si buscáis un poco encontraréis un perro de peluche en el fondo de la colcha. ¿Y qué es esa sensación de calor y humedad que se extiende bajo tu espalda? Esta etapa es una oportunidad para darse cuenta de que estar solo (seco y bien descansado) es algo muy sobrevalorado.
Siete años: etapa de “dejamos de llevar la cuenta”
Es el momento en que os percatáis de que todos los marrones le caen al mismo cónyuge, como ordenar los armarios o encargarse de organizar la vuelta al colegio o las compras. Pero admitámoslo, también la pareja tiene otras tareas de las que ocuparse, como subir al tejado para comprobar una posible gotera en el canalón, atrapar un ratón en la cocina, arreglar una lámpara…
Por supuesto, al principio del matrimonio, se espera que los dos compartan todas las tareas de manera equitativa, para que cada uno haga su justa parte del esfuerzo. Pero, con el tiempo, nos despreocupamos más. Después de todo, más vale un hogar con orden y armonía que un ratón muerto, ¿no?
Diez años: etapa de “más niños que manos” 
El ejército está movilizado y activo. Vuestro espacio vital ha sido invadido. Perdéis todas las batallas. Necesitáis refuerzos desesperadamente. Aunque solo tengáis un hijo, os sentís en inferioridad numérica. Y lo peor de todo, ¡sois perfectamente felices así!
Doce años: etapa de “así son las cosas”
Tradicionalmente, en esta fecha se regalan sobre todo seda y perlas. Pero a vosotros lo que más os importa es la altura de la pila de ropa sucia y las facturas. Y qué decir de las cosas irritantes que hacéis cada uno… Y bueno, no vais a dejar de hacerlas ahora. ¿Y las cosas que pensabais poder cambiar del otro? No va a suceder. En ninguno de los dos. ¡Ni en sueños, queridos! Pero así es como son las cosas, y todo funciona bien y lo aceptas. Así es como se fortalece el amor.
Quince años: etapa de “los niños saben más que nosotros”
Ya no sabéis encender la tele nueva. Ni por qué el artista The Weeknd se escribe así, sin ‘e’. No tenéis ni idea y tampoco sabéis si deberíais saberlo. Pero eso no impide que vuestros adolescentes os lo recuerden a voces: “¡Es que no os enteráis de nada!”, seguido de un portazo en su habitación. Miráis a vuestro cónyuge y suspiráis. Al menos vivís eso juntos, poli bueno y poli malo, para superar los días difíciles y las malas notas.
Veinte años: etapa de “todavía hay sorpresas” 
Lleváis tanto tiempo juntos oficialmente que parece que os conocéis y queréis por inercia. Ya no hay sorpresas… ¿O sí? Por ejemplo, cada vez que yo hago berenjenas para cenar, siempre me sorprende que a mi marido le gusten. ¡O quizás las odie! Nunca me acuerdo.
Durante todo este tiempo, él me sigue comprando cosas marrones por Navidad (guantes marrones, carteras marrones) porque piensa que me encanta el marrón, pero yo no recuerdo que nunca me haya gustado ese color. Luego los cambio por guantes rojos, carteras rosas. Él parece confuso. Pero bueno, no es nada grave, ¡podemos seguir sorprendiéndonos así!
Veinticinco años: etapa del “gran regalo”
Hasta ahora, os dabais por satisfechos con una tarjeta bonita y una cena para festejar vuestro aniversario de bodas. Pero 25 años son palabras mayores… La ocasión parece exigir algo más importante. Además, son las bodas de plata… Pero, ¿y si pidiéramos algo más que eso? ¿Besos, abrazos, tiempo a solas para hablar de otra cosa que no sean facturas de luz y agua? Después de 25 años, sabéis que esos momentos de afecto y calidez son los mejores regalos.
Treinta años: etapa de “llevamos más tiempo juntos que sin el otro”
Puede ser un sentimiento extraño pensar que nuestra existencia ha estado estrechamente ligada a otra persona durante tanto tiempo. Como dos viñas que han crecido una junto a la otra hasta convertirse en una sola planta.
Puede haber un breve momento de confusión de identidad y de reflexión filosófica. ¿Quién soy yo? ¿Sigo habiendo un “yo” separado? Pero entonces es el momento justo cuando tienes que sacar la basura, ir de compras para cenar y pasar por la tintorería… Así que se olvidan las grandes reflexiones. Y eso es porque dos cabezas valen más que una.
Treinta y cinco años: etapa de “para vivir felices, vivamos ocultos”
Todos vuestros amigos de Facebook pasan unas vacaciones increíbles en lugares exóticos, con la mirada amorosa, para renovar sus votos matrimoniales. Pero ¿por qué vosotros no os estáis divirtiendo tanto para poder publicar fotos en las redes sociales? ¿Acaso su vida es mejor que la vuestra?
Y entonces se enciende la bombilla. Sabéis muy bien cuál es la verdad: un buen matrimonio está también (y ¿sobre todo?) en lo que se desarrolla en el ámbito privado. Como dijo el humorista Henny Youngman: “El secreto de un matrimonio feliz sigue siendo un secreto”.
Cuarenta años: etapa de “todavía podría ponerme mi vestido de novia, pero…”
Digamos simplemente que vuestras medidas se han relajado, igual que vuestros pantalones. Por fortuna, ahora hay nombres más elegantes para ciertas prendas: “pantalones de yoga” o leggings… No suena del todo mal. Eso os permite decir que lleváis ropa cómoda porque está de moda.
En cuanto al hecho de que hayáis engordado unos cuantos kilos en los últimos años, está un poco relacionado con vuestro matrimonio. De todos modos, mientras los dos estéis sanos, no hay necesidad de demostrar nada a nadie…
Cuarenta y cinco años: etapa de “¿QUE QUÉÉÉ?”
Por estas fechas, uno de los dos ya no oye muy bien. De todos modos, no importa mucho, ya sabes lo que va a decir el otro. Y el otro ya conoce tu respuesta. De hecho, todo lo que necesitáis es un pequeño gesto, un guiño o una simple mirada, y eso lo dice todo. Y funciona para todas las ocasiones. “No sé lo que estás diciendo. No te oigo”.
Cincuenta años y más: etapa de “mejores amigos”
Habéis pasado por todas las demás etapas juntos. Habéis tenido unos días muy buenos y otros muy malos. Pero siempre os queréis contar cómo os ha ido el día. Así que, si habéis llegado a este punto, levantad vuestra copa para brindar por vuestro único amor y también vuestro mejor amigo. Tener una amistad tan fuerte es lo que más importa al final porque, después de todo, ¿no es así como empezó todo?


Primero tu esposa (o)


La Iglesia nos enseña que la vida familiar no tendrá que girar en torno a los hijos, sino en torno de los padres Un día acudí a una clase con mi novia, no recuerdo mucho del tema de la clase, pero lo que sí recuerdo con frecuencia es la dinámica que se realizó. Nos sentamos todos en círculo, y nos pidieron a Norma y a mí que nos sentáramos juntos, en el centro. La instructora dijo ´Supongamos que Juan Pablo y Norma se acaban de casar. Ellos han construido su hogar, establecido sus normas. Viven cerca de Dios. Son felices. Con el tiempo viene el primer hijo. Llamaron a uno de los jóvenes y le pidieron que se sentara entre nosotros. ´Norma y Juan le dan la bienvenida a su hogar. Viene entonces el segundo hijo. Pidieron a otro de los jóvenes que se sentara al lado de su ´hermano´, entre nosotros.

La familia va creciendo, Norma y Juan son muy Buenos Padres y literalmente dedican su vida a ellos. En la dinámica tuvimos tres o cuatro hijos más. En cada ocasión pidieron a alguno de los jóvenes o jovencitas que se sentaran en medio de nosotros. El tiempo pasa, continuó la instructora, y llega el día en que los hijos hacen su propia vida. Primero, Julio se casa y forma su propio hogar. ´nuestro primer hijo´, se levantó y ocupó su nuevo lugar, y así sucesivamente todos los demás hijos. Cuando todos terminaron de irse, la instructora hizo una pausa y dijo: Ahora miren la distancia que existe entre ellos. Efectivamente, había entre nosotros una distancia de 6 ó 7 sillas vacías. ¿Qué pudo haber causado ese hueco enorme? Juan y Norma han cometido un gran error, han permitido que sus hijos se interpongan entre ellos; y ahora que están de nuevo solos, si acaso, tendrán que empezar a conocerse. La instructora nos explicó el error de creer que debemos darlo todo por nuestros hijos. Explicó que la base del fundamento del hogar no son los hijos, sino los esposos y que éstos deben permanecer unidos contra viento y marea. De hecho, el mejor regalo que se puede dar a los hijos es saber que sus padres se aman y que permanecen unidos y, así, ellos aprenderán a amar en función de cómo se aman sus padres.

Si los padres no salen juntos, no se siguen cortejando, no se hablan con ´tiernos acentos´ y no se comunican entre ellos de manera frecuente y especial, es escasa la probabilidad de tener hijos espiritual y emocionalmente estables y, cuando ellos partan de casa, nos encontraremos incomunicados. No es egoísmo, por el contrario, es un seguro de vida para ellos y para nosotros mismos. Primero la esposa(o). Son los hijos los que deberán acomodarse. La Iglesia nos enseña que la vida familiar no tendrá que girar en torno a los hijos, sino en torno de los padres. Tengamos el valor de decir: Primero mi esposa(o), o irnos preparando, muy posiblemente, para pasar una vejez solitaria, por no haber aprovechado la oportunidad que tuvimos para construir una vida matrimonial.

Sigue estas sencillas reglas y serás feliz: 

1. soltero o soltera sin hijos: primero tus papás.


2. soltera o soltero con hijos: primero tus hijos. En segundo lugar, tus padres.



3. casado o casada SIN HIJOS: primero tu esposo(a). En segundo lugar, tus padres.



4. casado o casada con hijos: primero tu esposo(a). En segundo lugar, tus hijos. en tercer lugar, tus padres.



Si cambias el orden en cualquiera de los puntos... probablemente tendrás una vejez solitaria.

catholic.net

viernes, 12 de enero de 2018

El estudio más largo sobre la felicidad Buenas relaciones nos mantienen más felices y saludables.


El día de hoy me gustaría platicarte del estudio más largo que se ha llevado a cabo en el tema de la felicidad.   Se trata del estudio “Grant” llevado a cabo como parte de la investigación en Desarrollo Adulto de la Escuela de Medicina en la Universidad de Harvard en los Estados Unidos.

 Estudio de felicidad
¿En qué consiste? Por 75 años se le ha dado seguimiento a la vida de 754 hombres, año tras año, preguntándoles sobre su trabajo, vida familiar, su salud, y por supuesto sin saber que iba a suceder con sus vidas. Este tipo de estudios son muy raros, ya que la mayoría de ellos se terminan en unos diez años, las personas que los iniciaron dejan de investigar, cambian de dirección o fallecen; el dinero se termina y con este la información. En este caso, la suerte y la perseverancia de los investigadores a través de varias generaciones ha hecho que el estudio sobreviva y arroje resultados. Han sido cuatro los directores del estudio y se está empezando a estudiar a más de 2,000 hijos y nietos de estos hombres.

Inicio en el año del 1938 siguiendo la vida de dos grupos de hombres: un 40% fueron estudiantes universitarios de Harvard que estaban terminando su carrera, y el 60% restante provino de niños entre 12 y 16 años de edad provenientes de suburbios muy pobres, con familias en desventaja y de escasos recursos. Al iniciar el estudio hace 75 años se les hicieron exámenes médicos, se les entrevistó a ellos y a sus padres y cada dos años se les volvió a contactar: escaneando sus cerebros, realizándoles pruebas de sangre, hablando con sus esposas e hijos acerca de sus inquietudes y logros. Actualmente están vivos el 60% de estos hombres y los mayores tienen poco más de 92 años. Después de catalogar y analizar miles y miles de hojas con la información recabado durante estos años, los resultados obtenidos no han tenido que ver con “dinero, fama o trabajo duro”.

. Relaciones cercanas: los hombres de ambos grupos que reportaron estar más cerca de su familia, amigos o comunidad, tienen una vida más feliz y saludable que los otros. También han vivido más tiempo en comparación a aquellos que reportaban sentirse solos. La experiencia de vivir o sentirse “solo” ha resultado ser “tóxica”. Las personas que están más “solitarias” de lo que les gustaría estar son menos felices, su salud se deteriora en la vida de adultez media, el funcionamiento de su cerebro disminuye y viven menos años. Y lo más triste es que muchas personas, aunque vivan en familia o comunidad, dicen sentirse “solas”. Puedes sentirte solo-a en una multitud o en un matrimonio.

2. Segunda lección: “Calidad y no cantidad de relaciones”. No depende el número de amigos que tienes, tampoco si estás o no comprometido en una relación, lo que cuenta es la “calidad” de esa relación.  
   
Por ejemplo: se ha demostrado que vivir en un constante conflicto en la familia o en el matrimonio es dañino para la salud, hasta más que el divorcio o la separación. Al vivir en relaciones cálidas y en armonía, surge en sentimiento de pertenencia.

Para los jóvenes de 20 años el número de relaciones amistosas o amorosas es importante, pero después de los 30 años lo que realmente importa es la “calidad” de estas relaciones.
3. Y la tercera gran lección que ha resultado de este estudio acerca de las relaciones y el bienestar de la persona, es que no solo protege al cuerpo, sino que protege también al “cerebro”.

Sucede que, al estar en una relación segura y cercana con otra persona a la edad de 80 años, ambos se sienten “protegidos”, saben que cuentan con la otra persona en momentos difíciles, y por lo tanto su “memoria” se mantiene activa por más tiempo.  Por el contrario, las personas que llegan a los ochenta años sin contar con una relación cercana, (no tiene que ser amorosa), experimentan un declive en su memoria. Y no significa que estas relaciones tengan que ser cordiales en todo momento, se pueden experimentar discusiones y roces entre las personas, pero de base saben que cuentan unos con otros. 

¿Por qué si parece tan sencillo no lo hacemos? Porque somos humanos y nos complicamos la vida. Te invito a que reflexiones sobre esto, lo que realmente vale en la vida no cuesta dinero y es muy sencillo.   Resultado de este estudio de 75 años: “Buenas relaciones nos mantienen más felices y saludables. Punto” ¿Qué te parece?



Por: Lucía Legorreta de Cervantes

martes, 12 de septiembre de 2017

La incapacidad de consentir al matrimonio del canon 1095


El consentimiento exige la capacidad de conocer y entender la realidad exterior. Esta capacidad precisa no sólo de inteligencia, sino también de la voluntad. 

La prestación libre y responsable del consentimiento matrimonial exige una capacidad previa suficiente en el sujeto que lo presta. Esta capacidad precisa no sólo de inteligencia, sino también de la voluntad, pues se ha de comprender y al mismo tiempo querer el matrimonio. Se dan tres dimensiones o factores que permiten hablar de capacidad total o absoluta, que pueden ser agrupados en dos bloques. En primer lugar, están aquellos que hacen posible el acto de voluntad desde el punto de vista de su gestación intelectivo-decisoria: el suficiente uso de razón y la discreción de juicio o madurez proporcionada al matrimonio. Y en segundo lugar un factor que habilita para cumplir las obligaciones esenciales: la aptitud para asumir los deberes esenciales del matrimonio.



Una cosa es la legitimación para contraer y otra la capacidad psíquica para consentir (para expresar un consentimiento naturalmente suficiente). La primera responde al capítulo de los impedimentos; quienes están incursos en alguna prohibición legal son jurídicamente inhábiles no para expresar el consentimiento, sino para ejercitar el ius conubii. La segunda responde al capítulo de los presupuestos psíquicos del consentimiento, cuya carencia no impide en principio el derecho a casarse, quedando siempre a salvo la posibilidad de investigar procesalmente en cada caso concreto la validez psíquica de ese consentimiento.


El suficiente uso de razón
Es sabido lo que es el uso de razón, pero al tratar de definirlo surgen dificultades. “Con este término viene a designarse aquella capacidad intelectiva y de voluntariedad o decisión”. Hablamos de capacidad intelectiva para diferenciarla del conocimiento sensitivo. Estamos pues, en el primer acto de la inteligencia. La aprehensión es enterarse, darse cuenta de la obra que se va a realizar o se está realizando. Es el primer requisito para que el acto del consentimiento sea humano y voluntario.

El consentimiento exige la capacidad de conocer y entender la realidad exterior. Esta capacidad se realiza mediante tres fases sucesivas: aprehensión del hecho o realidad, reflexión y emisión de un juicio sobre la misma. Por lo tanto, cualquier enfermedad mental que impida el desarrollo y ejercicio de esta facultad o una grave perturbación del ánimo que suponga carencia del suficiente uso de razón, impedirá emitir un consentimiento matrimonial válido. Así pues, "podrá invocarse esta causa de nulidad no sólo cuando el sujeto padece aquellos retrasos mentales profundos y enfermedades mentales con base orgánica en lesiones cerebrales muy graves, que privan por completo de uso de razón al sujeto o se lo debilitan extremadamente manera habitual, sino también cuando, faltando este carácter habitual, una causa psíquica provoca la insuficiencia actual (entendemos momentánea o transitoria) del uso de razón en el acto de contraer...".


Aunque con algunos detractores en cuanto a esta terminología, se sigue distinguiendo esta amencia de la demencia o monomanía, cuando el trastorno mental sólo afecta a determinadas materias. Algunos autores entendían que, si no afecta a todo lo referente al matrimonio y a la vida conyugal, el consentimiento era válido. Pero el Tribunal de la Rota Romana ha determinado que los dementes o monomaniacos son siempre incapaces de prestar consentimiento válido (unidad psíquica del hombre). Siempre es conveniente un dictamen psiquiátrico para establecer con criterios científicos si determinados hechos anómalos están relacionados con las incapacidades (canon 1680), aunque los jueces eclesiásticos gozan de total discrecionalidad (canon 1579). La valoración judicial de la prueba pericial psiquiátrica o psicológica, su necesidad y lo que ocurre cuando en segunda instancia se constata que en primera no se realizó tal pericia, etc. son cuestiones muy interesantes en las que vamos a detenernos en estos momentos.


La discreción de juicio

Respecto a la discreción de juicio, la doctrina y la jurisprudencia están de acuerdo en que para emitir un consentimiento matrimonial válido, no basta el uso de razón, sino que se requiere una capacidad específica o aptitud psicológica necesaria para que el sujeto pueda formar un juicio sobre la naturaleza del matrimonio, esto es, la discreción de juicio o madurez personal. Esta discreción supone en la persona una de estas dos cosas: un conocimiento estimativo y valorativo de las funciones y deberes conyugales, o al menos, la aptitud para poder adquirir esos conocimientos. Cuando el sujeto carece de esa capacidad crítica, que le impide una visión unitaria de dichos elementos, una correcta interpretación y la consiguiente aplicación a sí mismo de los derechos y deberes del matrimonio, no podrá dar un consentimiento matrimonial válido. Esta capacidad cognoscitiva implica un conocimiento mínimo sobre el matrimonio, que será suficiente para que exista el consentimiento. El sujeto no debe ignorar que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer ordenado a la procreación de la prole, mediante una cierta cooperación sexual (canon 1096, 1). Es decir, además del conocimiento abstracto y especulativo, es necesario un conocimiento estimativo y ponderativo sobre la naturaleza y el valor sustancial del matrimonio.


Por lo tanto, no hay consentimiento cuando la persona ignora estos conceptos o carece de capacidad para adquirirlos. La ignorancia del conocimiento mínimo no se presume después de la pubertad (canon 1096, 2). De hecho, el legislador suele fijar una edad superior a la de la pubertad para casarse, lo que prueba que la discreción de juicio todavía es débil. Si esto ocurre estaremos ante lo que se denomina un grave defecto de discreción de juicio. Según Viladrich, "hay que partir de la base de que la facilidad de un sujeto para sufrir, sin amenazas externas proporcionadamente graves, una conmoción interior tal, que le provoque una pérdida grave del gobierno de sí y de su actuar voluntario, no es una situación normal (…). Cuando un sujeto refleja, en su iterbio gráfico, propensión a perder realmente el pacífico desenvolvimiento de sus procesos deliberativos y decisorios, con fácil tendencia a caer en situaciones de angustia y ansiedad, es prudente reconocer una fragilidad o debilidad psíquica real y objetiva, poco apta para la dosis de libertad que requiere el consentimiento válido, aunque dicha fragilidad interior habitual -o circunstancial- no constituya un cuadro psicopatológico estadísticamente definido por la psicopatología y la psiquiatría". Pero hemos de recordar que esta situación anormal puede encuadrarse en una falta de libertad interna. Esta incapacidad es regulada por el canon 1095, 2 y comprende enfermedades como las siguientes: fase cualificada de la esquizofrenia, psicopatías, neurosis, psicastenia, inmadurez afectiva, etc. Son enfermedades que atacan directamente a la voluntad, sin lesionar ostensiblemente la inteligencia, y disminuyen gravemente la libertad o la suprimen.

Incapacidad de asumir las obligaciones matrimoniales
Llegamos al tercer factor de la capacidad para consentir la aptitud para asumir las obligaciones matrimoniales esenciales. Este elemento hace al individuo hábil, idóneo para cumplir los deberes esenciales del matrimonio. No basta con entender y querer, sino que además es preciso que el que consiente pueda comprometerse a lo que comporta el objeto del consentimiento. Es necesario que quien asume un deber pueda cumplirlo y quien asume un compromiso posea las cualidades necesarias para llevarlo a cabo. Por derecho natural se exige la capacidad previa de poder mantener (cumplir) las obligaciones contraídas. La capacidad para contraer debe abarcar la posibilidad de prestar el objeto del consentimiento. En él se incluyen no sólo el derecho al cuerpo, sino también la comunidad de vida y amor y el consorcio de toda la vida (cánones 1055 y 1057). Existen muchas situaciones que pueden dar lugar a la incapacidad para asumir las obligaciones matrimoniales (canon 1095, 3). Puede decirse que es nulo aquel matrimonio de quien, aun teniendo uso de razón y discreción de juicio, no puede cumplir las obligaciones esenciales del matrimonio a causa de una grave anomalía psíquica que hace imposible el consorcio de vida conyugal. Tal incapacidad no proviene de una deficiencia en el entendimiento y la voluntad del contrayente, sino de la imposibilidad en que éste se encuentra para cumplir las obligaciones pactadas en el matrimonio. Estas obligaciones esenciales pueden encuadrarse en dos grupos:


 Por un lado, aquellas obligaciones inherentes a los bienes del matrimonio, en las que se da más importancia al aspecto sexual que al psíquico (respecto a la prole: dificultan o imposibilitan al cónyuge ejercer su derecho al acto conyugal, o la recepción de los hijos; respecto a la fidelidad: impiden la entrega del derecho exclusivo al débito conyugal; respecto a la indisolubilidad: impiden la entrega a perpetuidad del derecho al cuerpo o del mantenimiento de la indisolubilidad). Por ejemplo: ninfomanía, satiriasis, homosexualidad, sadismo masoquismo, exhibicionismo, etc.


 Y, por otro lado, aquellas obligaciones de cuyo incumplimiento se deduce la imposibilidad de mantener el consorcio, en las que se da más importancia al aspecto psíquico que al sexual (obligaciones referidas a la instauración de la relación interpersonal o de la instauración de la comunidad conyugal). Por ejemplo: inmadurez afectiva, graves psicopatías, anomalías de la personalidad como el egotismo o el narcisismo. Algunas de las obligaciones son incumplidas por las personas con trastornos alimentarios. Por el contrario, los defectos de carácter, así como la simple "incompatibilidad de caracteres" o cualquier desorden de la personalidad que solamente dificultan la plena y perpetua unión de vida conyugal, no bastan para hacer inhábiles a los contrayentes, incluso existiendo total unanimidad en considerar el perfeccionamiento mutuo de los cónyuges como uno de los fines del matrimon.



Por: María Reyes León Benítez


Movida Independiente

Conservacion de alimentos y almacenamiento